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El día de Nochebuena se celebraba en Membrillera la
"fiesta del cabro", que solía durar hasta el 7 de
enero. Su tradicción perduró hasta el año 1955, en que la
rivalidad entre los mozos y la emigración la llevó a su total
desaparición.
La fiesta la organizaban los mozos del pueblo. Se nombraba un
alcalde, un depositario y dos concejales para llevar el control de
los gastos ocasionados y se adquiría el mejor macho cabrío del
pueblo. Si no había ninguno de su agrado, lo compraban a los
cabreros de la sierra. Pero eso sí, tenía que ser el mejor.
La compra se realizaba un mes antes, para engordarlo. El día de
Nochebuena se adornaba con borlas en los cuernos y en el rabo, se
ataviaba con una mantilla roja y otra blanca, espejos en el lomo,
un cencerro y capanillas, y se le colocaba un espejo en la testuz.
Una vez terminado de adornar, alrededor de la media tarde, se
empezaba a correr por las calles del pueblo, controlado por varios
mozos y el resto acompañando a la rondalla, que recorría el
itinerario cantando jotas y haciendo paradas en las plazuelas. Así
hasta que anochecía. En todo caso, era obligatorio la asistencia
de todos lo mozos durante el trayecto. Para comprobarlo, el
alcalde pasaba lista de vez en cuando para poner multa a quien no
estuviera presente. Así, si alguno se ausentaba por razones
fisiológicas, y se había procedido al recuento en su ausencia,
ya tenía una sanción.
Al acabar el desfile, se sacrificaba el cabro y el cocinero
preparaba de cena para aquella noche la asadura, dejando el resto
para guisarlo con patatas los días 25, 1 y 6 de enero. Como solía
faltar carne, se compraba más para completar.
El día 25, Navidad, la norma era la siguiente: el alcalde de los
mozos comunicaba al resto la hora de acompañar la rondalla por el
itinerario marcado hasta el pórtico de la iglesia, para
presenciar la misa y hacer la adoración del niño: primero el
alcalde y concejales que formaban la corporación municipal de
dicha localidad; luego el alcalde de los mozos, seguido del
depositario y los dos de justicia y del resto de mozos por el número
de orden que tenían asignado, y por último, los demás fieles.
Un coro de mozas amenizaba el acto cantando villancicos. Una vez
terminada la santa misa, con la rondalla se acompañaba a la
corporación municipal y al señor cura hasta el domicilio de éste,
en la plaza del Olmo.
A la terminación del baile de tarde en el local que tenía la
mocedad del pueblo, se volvía a sacar la rondalla por el
itinerario marcado y acto seguido se procedía a la cena del cabro
por los mozos.
(Continúa)...
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